“Esta casa es demasiado grande y ni siquiera encuentro la salida”, y si te imaginas una costosa casa del barrio alto de Santiago no estas ni cerca, te equivocas por completo es un caserón de ventanas pequeñas y oscuras por la cortina de madera que la recubre, un pasillo sin final ni puertas ni ventanas sin sentido, excepto por los dos dormitorios que conecta con el baño. El baño, helado, espacioso, grande, un bidet de esos que ahora sirven para limpiarse los pies, dejar las revistas o cualquier otro uso impensado cuando se creo.
Adentro un jarrón medio saltado en porcelana, en el otro extremo del baño una tina, verdadera antigüedad sin uso, de hierro fundido y recubierta de porcelana, del lavamanos un espacio demasiado grande como para vomitar desde el wc al lavamanos o desde el wc a la tina. Una puerta en el baño que da al patio o era el jardín no estoy segura, justo y casi tropezándose con el pozo de agua de forma cilíndrica , sus paredes de barro para que nadie caiga adentro con una polea para subir el cubo y techo para que no caiga suciedad al interior, mas grande que lo tradicionalmente visto por esos lugares. Detrás del cerco una plantación de árboles frutales desteñidos, estáticos como si el invierno hubiese parado de llover, el frió paso de repente se lo llevo todo y el otoño nunca apareció de nuevo.
Ahí en ese patio parece que la encontraron a la Sra. pensaba yo antes de enterarme de todo. Fue un día de la semana como cualquier otro, recién el otoño se había atrasado y comenzaba a sentirse olvidada en esa casa, cuando salía de su casa al trabajo cruzo el jardín de rosas que era mas eterno que nunca y tenia solo una media cuadra para ser mas exacta. Se arreglo para salir muy temprano como siempre, y el día anterior estuvo la Martita su peluquera peinándola como todos los Miércoles, sentía sus pasos rápidos en la vereda que cruzaba el jardín de rosas paralizadas, quemadas y sepultadas con la helada, no brotaron mas, esas pantis tan gruesas que parecían estrangular sus fuertes y torneadas piernas a través de la malla, de traje negro como siempre, falda y chaqueta, blusa celeste impecable de ese institucional que le dicen ahora, zapatos sobrios pero no menos imponentes que su perfil griego de mujer arrolladora, cartera para el realce perfecto y elegante de la fina estampa que era envidia de todo el pueblo. Cuando cruzo el umbral de la reja en el jardín no espero la micro, camino sin saber porque ni donde, no la encontraron en su patio de limones y naranjas, fue en un camino. Con la nariz sumergida en un polvo gredoso, tan fino como la harina, suave y denigrante como la vergüenza ajena. Al darla vuelta no reaccionaba, la sacudió, la abofeteo hasta quitarle las horquillas que sujetaban su perfecto peinado y el pulchen de su rostro, no respondió “en polvo eres y en polvo te convertirás”, algunas pastillas de más y el ron seco de la noche anterior sacudieron sus ideas.
La casa no era ten grande apenas tenia dos dormitorios.
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